Foto IARollo de tiramisú: una alternativa rápida al postre clásico
Una alternativa rápida y original al tiramisú clásico, enrollada como un brazo de gitano.
Las etiquetas se calculan automáticamente a partir de los ingredientes y pueden no ser exactas. Si te importa, consulta el envase.
Ingredientes

- 200 g Bizcochos de soletilla
- Café al gusto, para remojar los bizcochos
- 250 g Mascarpone
- 200 ml Nata
- 100 g Azúcar glas
- 10-15 ml Café
- 50 g Crema de cacao y avellanas opcional, blanda
- Cacao en polvo para espolvorear
Pasos
Preparar el café y dejar enfriar.
En un bol, batir el mascarpone y añadir 10-15 ml de café.
Por separado, montar la nata con el azúcar glas hasta que esté firme y mezclar con cuidado con el mascarpone.
Sobre la superficie de trabajo, colocar film transparente y disponer los bizcochos de soletilla, mojados rápidamente en el café, en dos filas.
Con una espátula, repartir la crema sobre toda la superficie de los bizcochos en una capa uniforme.
Si se desea, añadir la crema de cacao y avellanas blanda en tiras por el centro y los bordes.
Con ayuda del film, enrollar con cuidado los bizcochos formando un rollo.
Envolver bien el rollo en film y dejar enfriar en el refrigerador durante 3-4 horas.
180 minAntes de servir, espolvorear con cacao en polvo.
Esto no es tiramisú, es un trampantojo de tiramisú: mismos sabores, mecanismo distinto. El tiramisú clásico se sostiene porque las capas de bizcocho empapado y crema se apilan en un molde y el peso de arriba prensa hacia abajo; aquí no hay molde ni capas apiladas, hay un rollo, y lo que sostiene el rollo es el frío puro: la nata y el mascarpone montados forman una espuma grasa que a temperatura de nevera se queda rígida, y esa rigidez es la única razón por la que al cortarlo no se desparrama.
Por eso todo lo que hagas antes de meterlo en el frío tiene que apuntar a que ese momento de rigidez llegue sin fisuras. El bizcocho de soletilla mojado demasiado tiempo se rompe al enrollar porque pierde su estructura de miga seca y se convierte en pasta; la señal no es un segundo concreto, es mirarlo: si al tocarlo se dobla como un trapo mojado, ya pasó su punto, tenía que quedar flexible pero entero, como una tela húmeda que aún se puede plegar sin rasgarse.
Lo que de verdad decide si sale bien es el punto de la nata montada. Hay quien cree que "nata montada" es un estado único y ya está; pues no, porque entre el punto blando y el punto firme hay un margen donde la nata sostiene su propia forma pero todavía fluye un poco al mezclarla, y es justo ese punto el que necesitas: si la montas hasta el final, a punto de mantequilla, se corta al mezclarla con el mascarpone y la crema queda granulosa en vez de lisa. La señal es la misma de siempre, el batidor deja un surco que se queda quieto, pero sin que la nata se vuelva opaca y mate como la mantequilla.
El mascarpone es la base de todo, y conviene saber qué es para no pedir lo imposible: es una crema de leche cuajada con ácido, sin fermentar, así que no tiene la acidez del yogur ni la elasticidad de un queso fresco español. Si no lo encuentras, un queso crema espeso batido con un poco de nata líquida se le acerca en textura, aunque pierde ese punto de grasa untuosa que hace al mascarpone tan fácil de mezclar sin que se corte.
La nata para montar tiene que ser de las que llevan al menos un 35% de materia grasa; por debajo de eso no monta bien, por mucho que bates y bates sin que pase nada, porque no hay suficiente grasa para atrapar el aire en una red estable. Aquí no hay sustituto honesto: si usas nata para cocinar, el rollo se quedará blando para siempre, por mucho frío que le des.
El café de remojar y el café que va dentro de la crema cumplen funciones distintas, aunque se nos olvide. El del remojo es el que da sabor y humedad al bizcocho, y aquí sí puedes jugar: más cargado, con un chorrito de licor si te gusta, sin miedo, porque el bizcocho absorbe rápido y se acaba enseguida. El de la crema es solo un matiz, una pincelada de amargor que corta el dulce del azúcar glas, y por eso la cantidad es tan pequeña: si te pasas, la crema se aclara y pierde firmeza, porque estás añadiendo líquido a una espuma que necesita quedarse espesa.
El azúcar glas, no el normal, tiene su razón de ser: al ser polvo finísimo se disuelve sin dejar gránulos, cosa que el azúcar común no consigue en una crema fría que nunca se calienta. Aquí no hay cocción que derrita el azúcar, así que el tamaño del grano importa de verdad.
La crema de cacao y avellanas es la parte libre de la receta, el sitio donde puedes decidir sin miedo a romper nada: unos la ponen en tiras, otros la saltan del todo porque el tiramisú tradicional no lleva nada parecido. Hay quien dirá que eso ya no es tiramisú ni por asomo; pues tienen razón en parte, pero el plato ya se llamó así desde el nombre del título, como una variación, y una variación puede tomarse estas licencias sin perder lo esencial, que es el contraste de café amargo y crema dulce.
El cacao en polvo final no es decoración sin sentido: es amargo puro, sin azúcar, y su función es la misma que en el tiramisú clásico, cortar con un toque seco y sin dulzor toda esa crema montada. Espolvorearlo justo antes de servir, y no antes, evita que la humedad de la crema lo humedezca y lo vuelva pastoso encima.
Sobre la cocina española donde esto se hace: aquí no hace falta horno ni fuego, así que los límites de tu placa no entran en juego, la única exigencia real es el frigorífico, que tenga sitio para un rollo envuelto durante esas horas. Y aunque la costumbre de aquí sea comer fuerte a mediodía, este es de los postres que agradecen quedarse para la sobremesa de la cena o para cuando llegan visitas, porque se hace con tiempo de sobra antes y se saca de la nevera ya resuelto.