Foto IAHummus de remolacha
Hummus cremoso de remolacha con garbanzos, tahini y un toque de rábano picante.
Las etiquetas se calculan automáticamente a partir de los ingredientes y pueden no ser exactas. Si te importa, consulta el envase.
Ingredientes
- 200 g Remolacha
- 1 lata Garbanzos enjuagados y escurridos
- 1 cda Tahini
- 10 g Rábano picante rallado fino
- ½ uds Limón
- 2 cda Zumo de limón
- 2 diente Ajo
- 1 cdta Comino molido
- 2 cda Aceite de oliva
- 1 cdta Sal
- 1 cdta Pimienta negra recién molida
Pasos
Limpiar las remolachas con un cepillo y cocerlas con piel durante 30 minutos
30 minPasar las remolachas por agua fría
Dejarlas enfriar un poco, pelarlas y cortarlas en trozos pequeños
10 minBatir la remolacha, los garbanzos, el tahini, el zumo de limón, el ajo, el comino y el rábano picante en la batidora hasta obtener una textura cremosa
3 minSazonar con zumo de limón, sal y pimienta, y añadir un poco de aceite de oliva al gusto para ajustar la consistencia
2 min
El hummus de remolacha es el de siempre con un giro de color y de carácter: la remolacha cocida sustituye parte del garbanzo y le da ese rosa chillón que anima cualquier mesa de aperitivos, más el punch del rábano picante, que aquí no es decoración sino quien manda en el sabor final.
Que salga bien depende de dos cosas, y las dos son de sentido común. La primera es la remolacha: tiene que quedar blanda hasta el centro, no solo tierna por fuera, porque si no la batidora se encuentra con un núcleo duro y el hummus sale con grumos en vez de con esa crema lisa que se busca. La segunda es el equilibrio entre ácido, sal y grasa al final: el tahini es espeso y amargo por sí solo, el limón lo despierta, la sal lo redondea y el aceite de oliva es quien decide si el hummus queda compacto como para untar pan o más suelto como para mojar verdura cruda.
No hay truco secreto ni ingrediente mágico. Es cocer bien una raíz, triturarla con lo demás y luego probar y corregir. Eso es todo el oficio aquí.
La remolacha se cuece con piel, y esto no es capricho estético: la piel evita que el color y los azúcares se vayan al agua, y de paso protege la carne de que se empape de más agua de la que ya tiene. La señal de que está lista no es el reloj, son 30 minutos de mínimo, sino la propia remolacha: un cuchillo fino debe entrar hasta el centro sin encontrar resistencia, como si atravesara una patata cocida. Si tu remolacha es grande, necesitará más tiempo; si son pequeñas y de huerta, menos. El baño de agua fría al sacarlas no es solo para no quemarte los dedos al pelarlas: corta la cocción en seco y hace que la piel se despegue casi sola, en vez de tener que pelarlas en caliente y perder media remolacha en el intento.
Los garbanzos de bote están bien, y aquí no hay ninguna necesidad de cocerlos en casa: la remolacha ya aporta tiempo de cocina de sobra, no hace falta sumarle otra hora de garbanzo seco. Solo hay que enjuagarlos bien, porque el líquido del bote es espeso y a veces amargo, y eso se nota en el resultado final.
El tahini es pasta de sésamo, y su función es dar cuerpo y ese fondo tostado que ni la remolacha ni el garbanzo tienen por sí solos. Si no se encuentra, una crema de almendra o de anacardo sin azúcar cumple un papel parecido, aunque cambia el carácter del plato: menos amargor, más dulzor de fondo.
El rábano picante rallado es el que le da nervio a todo esto. Si no se consigue, un rábano picante en conserva (sin azúcar añadido) o, en su defecto, un poco de mostaza fuerte, hacen un trabajo parecido: aportan ese golpe que atraviesa el dulzor de la remolacha y evita que el hummus se quede plano y empalagoso.
El limón entra dos veces, y no es redundancia: una parte va a la batidora, para que el ácido se integre en la crema desde el principio, y la otra se reserva para el final, para ajustar sobre la marcha. Es más fácil añadir un poco más de limón al final que rescatar un hummus que se ha quedado ácido desde el principio.
El aceite de oliva aquí hace dos trabajos a la vez: emulsiona la crema, como en cualquier hummus, y de paso cumple con la costumbre de la casa de llevarlo a todo. No hace falta que sea el mejor aceite de la despensa, pero sí uno con algo de carácter, porque en un plato tan sencillo se nota enseguida si el aceite es soso.
Y aquí entra la paciencia, que es ingrediente aunque no se pese: dejar enfriar un poco la remolacha antes de pelarla y cortarla no es pereza, es necesario para no quemarse y para que el cuchillo corte limpio en vez de resbalar sobre una pulpa todavía muy caliente. Este es un plato para preparar con calma al mediodía, dejarlo reposar en la nevera un par de horas antes de comer, porque el frío asienta los sabores y hace que el rábano picante y el ajo se integren mejor con el resto en lugar de notarse crudos y sueltos.
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