Foto IAPastel Cebra
Un bizcocho bicolor de vainilla y cacao con un bonito efecto de rayas tipo cebra al cortarlo.
Las etiquetas se calculan automáticamente a partir de los ingredientes y pueden no ser exactas. Si te importa, consulta el envase.
Ingredientes

- 120 g Mantequilla
- 1 cdta Extracto de vainilla
- 150 g Azúcar
- 3 uds Huevos
- 150 g Harina
- 100 g Fécula de patata
- 160 ml Nata
- 20 g Cacao en polvo tamizado
- 16 g Levadura en polvo
Pasos
En un bol grande, mezcla la mantequilla blanda, el azúcar y el extracto de vainilla y bate con una batidora eléctrica hasta obtener una masa clara y esponjosa
Añade los huevos de uno en uno, batiendo bien después de cada uno
Tamiza la harina junto con la fécula de patata y la levadura en polvo e incorpóralas con cuidado a la masa
Añade 110 ml de nata y mezcla hasta que quede homogéneo
Divide la masa en dos partes iguales y añade el cacao en polvo y el resto de la nata a una de ellas
Engrasa un molde de 22 cm de diámetro con mantequilla y espolvorea con harina
Vierte alternando la masa clara y la oscura en el centro del molde, moviéndolo suavemente para que la masa se extienda de manera uniforme
Hornea el pastel a 180 grados en el horno precalentado durante unos 35 minutos
35 minSaca el pastel del horno y deja que se enfríe completamente antes de cortarlo
El pastel cebra es, sobre todo, un truco de física casera: dos masas de la misma densidad, una con cacao y otra sin, que al caer juntas en el centro del molde se empujan y se extienden en círculos concéntricos sin mezclarse. No hay dibujo que hacer con cuchara ni paciencia de repostero de escaparate: si las dos masas pesan y fluyen igual, el dibujo sale solo.
Que salga bien depende de dos cosas. Primera, que las dos mitades tengan la misma consistencia antes de verterlas: por eso una lleva más nata que la otra, para compensar el peso seco del cacao. Si se te olvida ese reparto desigual de nata, la masa oscura queda más espesa, se hunde menos y el dibujo se apelmaza en el centro en vez de abrirse en anillos. Segunda, que la bases montadas —mantequilla, azúcar, huevos— lleven aire de verdad: ese aire es el que empuja la masa hacia arriba y hacia los lados cuando entra en el horno, y sin él el efecto cebra se queda plano y mustio.
Hay quien dice que hay que verter la masa con mucho cuidado, en espiral, dibujando. Pues no hace falta: basta con dejarla caer siempre en el mismo punto central, alternando color, y dejar que el propio peso de la masa haga el trabajo de extenderse. La batidora ya hizo la parte difícil.
La mantequilla tiene que estar blanda, no derretida: blanda es que el dedo entra sin esfuerzo y la mantequilla no gotea. Si está derretida no retiene aire al batirla con el azúcar, y ese aire es el que después hace subir el pastel. Si está dura, se bate mal y quedan grumos que luego no desaparecen en el horno. Sácala con tiempo del frigorífico, nada de microondas con prisas.
El azúcar aquí no es solo dulzor: al batirse con la mantequilla crea diminutas burbujas de aire que quedan atrapadas en la grasa. Por eso se bate "hasta que la masa esté clara y esponjosa": ese cambio de color, de amarillo intenso a casi pálido, es la señal de que el aire ya está dentro. No hay un tiempo fijo de batido que valga para todas las batidoras; el color manda.
Los huevos se añaden uno a uno porque la masa de mantequilla y azúcar es una emulsión frágil: si echas los tres huevos de golpe, la grasa no puede absorber tanto líquido de una vez y la mezcla se corta, se ve como cuajada. Añadiéndolos despacio y batiendo entre uno y otro, la emulsión se mantiene estable. Si se corta un poco, no pasa nada grave: sigue batiendo y normalmente se recompone.
La harina y la fécula de patata juntas dan una miga más fina que la harina sola; la fécula no tiene gluten, así que diluye la fuerza de la harina y el pastel queda más tierno. Si no tienes fécula de patata, puedes usar maicena en la misma cantidad; el resultado es parecido, algo menos suave pero válido. Se tamizan junto con la levadura para que esta se reparta bien por toda la masa y no deje bolsas de pastel que suben más que el resto.
La nata se reparte de forma desigual entre las dos masas a propósito: la masa de cacao necesita más líquido para compensar que el cacao en polvo absorbe humedad y espesa. Si repartieras la nata a partes iguales, la masa oscura quedaría más densa, caería al fondo del molde y el dibujo de cebra se perdería en una sola capa oscura abajo y clara arriba. El cacao conviene tamizarlo siempre, porque forma grumos muy tozudos que ni el batido deshace bien.
Sobre el horno: aquí no hay más remedio que fiarse del termostato y vigilar, porque un horno doméstico español rara vez calienta exactamente lo que marca el dial. La señal real de que está hecho es clavar un palillo en el centro y que salga limpio, sin masa cruda pegada; si sale con migas húmedas, unos minutos más. Y hay que dejarlo enfriar del todo antes de cortarlo: la fécula y el almidón siguen asentando la miga mientras se enfría, y si cortas en caliente el pastel se desmorona y el dibujo cebra queda deshecho en el plato en vez de limpio en la rebanada. La paciencia, aquí, es tan ingrediente como la harina.