Foto IAPizza con huevas de lumpo
Una base de pizza crujiente cubierta con crema, patatas finas y huevas de lumpo, con cebolla morada y hierbas frescas.
Las etiquetas se calculan automáticamente a partir de los ingredientes y pueden no ser exactas. Si te importa, consulta el envase.
Ingredientes
- 10 g Levadura
- 350 ml Agua a temperatura ambiente
- 45 ml Aceite de oliva
- 1 cdta Sal
- 500 g Harina
- 15 ml Aceite de oliva para engrasar el bol
- 500 ml Crema fresca espesa 38%
- 100 g Patata cortada en láminas finas
- 1 uds Limón zumo y ralladura fina
- 150 g Huevas de lumpo
- 1 uds Cebolla morada cortada en gajos finos
- 2 manojo Eneldo fresco
- 1 paquete Berro
- 1 pizca Sal
- 1 pizca Pimienta negra recién molida
Pasos
Disuelve la levadura en un bol con agua a temperatura ambiente. Añade la mitad de la harina, el aceite de oliva y la sal y mezcla bien hasta obtener una consistencia homogénea.
Añade el resto de la harina poco a poco, removiendo constantemente.
Espolvorea la encimera con harina y amasa con las manos hasta obtener una masa lisa y elástica.
4 minLava el bol, engrásalo con aceite de oliva, coloca la masa de nuevo y dale la vuelta para que quede cubierta de aceite. El aceite facilita el trabajo con la masa y hace que la corteza quede especialmente crujiente al hornear.
Deja que la masa suba 45 minutos sobre la mesa y luego guárdala en la nevera durante al menos 10 horas o hasta el día siguiente.
600 minPrecalienta el horno a su temperatura máxima, colocando la bandeja, la plancha de acero para pizza o la piedra en la rejilla superior.
Espolvorea la encimera con harina. Divide la masa por la mitad y forma con las manos sobre la mesa dos bases redondas para pizza.
Cubre las bases con la mitad de la crema fresca espesa, reparte encima las láminas de patata finas como el papel y espolvorea con sal en escamas y pimienta. Hornea las bases hasta que estén crujientes. Déjalas enfriar un poco sobre una rejilla unos 5 minutos.
5 minMezcla el resto de la crema fresca espesa con la ralladura de limón, sal, pimienta y la mitad del eneldo finamente picado. Sazona bien.
Reparte sobre las bases las huevas de lumpo, la crema fresca espesa mezclada, la cebolla morada y espolvorea con las hierbas: cebollino, berro y eneldo.
Qué se cambió
Se sustituyó la hueva original por Huevas de lumpo, más fácil de encontrar en España.
Esto es una pizza blanca, sin tomate, con la base casi de focaccia fina y encima algo que suena raro pero funciona: patata, nata espesa, huevas de lumpo y cebolla morada. La idea no es italiana aunque use masa de pizza: es más nórdica, de esas mesas donde el pan untado con crema y huevas de pescado es el bocado festivo de toda la vida. Aquí la masa solo hace de soporte crujiente para no comerse las huevas a cucharadas.
Que salga bien depende de dos cosas que no tienen nada que ver entre sí: la fermentación lenta de la masa y la temperatura del horno en el momento final. La masa necesita frío y tiempo, no prisa; el horno necesita estar lo más caliente que tu placa doméstica permita, porque es lo único que va a imitar, aunque sea de lejos, un horno de pizzería. Si una de las dos falla, lo demás da igual: una masa sin reposo sabe a pan triste, y una base que no se hornea muy caliente se queda blanda bajo el peso de la nata y la patata.
Hay quien piensa que el frío de la nevera para la masa es solo para "que no se estropee". Pues no: el frío alarga la fermentación y eso es lo que da sabor y una miga con agujeros irregulares, no uniforme como la de un pan industrial. Un horno templado la cocería antes de que se desarrollara ese sabor; por eso aquí se busca justo lo contrario, mucho calor y poco tiempo.
La levadura es el motor, y aquí trabaja dos veces: primero a temperatura ambiente, deprisa, y luego en la nevera, despacio, muchas horas. Esa segunda fermentación en frío no es un capricho de recetario moderno: es la manera de conseguir sabor sin que la masa se pase y se derrumbe. Si usas levadura fresca en vez de seca, dobla la cantidad; si solo tienes levadura instantánea de sobre, puedes mezclarla directa con la harina sin disolverla antes, no pasa nada.
El agua, a temperatura ambiente, es importante por lo que no hace: si estuviera fría de la nevera, frenaría a la levadura antes de empezar; si estuviera caliente, la mataría. No hace falta termómetro, con que no esté ni fría ni caliente al tacto de la mano basta.
El aceite de oliva en la masa no es solo sabor, que en España sobra decirlo: hace la miga más tierna y, al engrasar el bol antes del reposo, evita que se forme una costra seca en la superficie que luego se nota como grumos duros dentro de la masa ya horneada. Es un seguro barato contra un defecto tonto.
La patata cortada en láminas tan finas que casi se vean las vetas de la mesa a través de ellas no es decoración: si queda gruesa, no se cuece en el tiempo que tarda la base en dorarse, y te queda cruda encima de un fondo ya quemado. Un pelador de verduras hace mejor ese corte que un cuchillo en una cocina de casa.
La nata espesa, esa que en las etiquetas españolas suele venir como nata para montar de alto contenido graso, cumple dos papeles distintos y por eso se usa en dos tandas: una parte se hornea con la patata y actúa casi como una bechamel instantánea, sujeta y da cremosidad; la otra se mezcla en frío con limón y eneldo y hace de salsa fresca que contrasta con el calor de la base recién salida del horno. No conviene usar nata líquida de montar al 35% floja de grasa: se corta con el calor y suelta agua, y la base se empapa en vez de dorarse.
Las huevas de lumpo son el ingrediente que da nombre al plato y el más fácil de sustituir sin perder la idea: cualquier hueva de pescado curada en sal, roja o negra, cumple la misma función, que es un estallido salado y algo que revienta en la boca sobre la cremosidad de la nata. Si no se encuentran, una buena anchoa picada menuda y algo de alcaparra imitan el golpe salado, aunque no la textura.
El limón, la cebolla morada cruda y las hierbas frescas —eneldo, berro, lo que llaman cebollino en el paso final aunque no esté en la lista de ingredientes, que puede ser un despiste de quien escribió la receta y conviene no tomarlo como dogma— están ahí por lo mismo: cortar la grasa de la nata y la patata con algo ácido y fresco. Si falta eneldo, el perifollo o incluso un poco de hinojo fresco picado dan un aire parecido; el berro se puede cambiar por canónigos o rúcula joven, algo con mordiente verde, no una lechuga sosa.
Sobre el horno, seamos honestos: una placa doméstica normal llega como mucho a 250 o 260 grados, muy lejos de los 400 de un horno de pizzería, y eso hay que aceptarlo sin frustrarse. La piedra o la plancha de acero, bien precalentadas con tiempo de sobra antes de meter la pizza, son las que acercan el resultado a esa costra crujiente; sin ellas, en una bandeja normal, la base queda más pan tierno que pizza, y no pasa nada, simplemente es otro bocado.
Y la paciencia, aquí, es literalmente un ingrediente más: las diez horas de nevera no se pueden acelerar subiendo la temperatura, porque entonces fermenta deprisa y sabe a poco. Esta es de esas recetas que se empiezan un día para comer al siguiente, con la masa ya hecha esperando, y eso conviene saberlo antes de ponerse, no a mitad de faena.