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Pizza Margarita

Una clásica pizza Margarita con masa casera, tomate y fior di latte, horneada hasta quedar dorada.

Raciones: 2 Preparación 150 min Cocción 14 min Pasta
VeganoContiene: gluten
Las etiquetas se calculan automáticamente a partir de los ingredientes y pueden no ser exactas. Si te importa, consulta el envase.

Ingredientes

Pizza Margarita — ingredientes: Harina de fuerza (tipo manitoba), Harina, Agua, Aceite de oliva, Sal, Levadura

Pasos

  1. Vierta en un bol la harina y la harina de fuerza, disuelva la levadura en el agua y añádala a la harina, amase enérgicamente con las manos.

  2. Añada el aceite de oliva y la sal, siga amasando hasta que la masa quede lisa y homogénea.

  3. Coloque la masa en un bol, cubra con film y deje reposar.

    120 min
  4. Coloque la masa sobre una superficie enharinada, divídala en dos partes iguales, forme bolas, colóquelas en una bandeja y cubra con film.

  5. Deje reposar la masa.

    30 min
  6. Pase la masa a una superficie enharinada y forme las bases de pizza, estirando la masa principalmente con las manos.

  7. Coloque los discos de masa en dos moldes untados con aceite, reparta una capa de salsa de tomate sazonada con aceite de oliva y orégano.

  8. Hornee en el horno precalentado a 250 grados.

    7 min
  9. Saque las pizzas y añada el fior di latte cortado en trozos pequeños.

  10. Vuelva a meter en el horno.

    7 min
  11. Añada unas hojas de albahaca fresca y sirva caliente.

Una pizza margarita sale sola cuando entiendes que la masa es casi toda la receta: el tomate y el queso son el final, pero el resultado depende de lo que haya pasado horas antes en ese bol tapado con film. Lo que decide si tienes una base ligera o una plancha de pan mojado es el gluten: amasar desarrolla una red que atrapa el gas de la levadura, y el reposo largo —dos horas, no un número sagrado, sino el tiempo mínimo para que esa red se relaje y la masa se hinche sin resistirse— es lo que luego te permite estirarla con los dedos sin que se rompa ni se encoja de vuelta.

Hay quien cree que cuanto más tiempo de horno, mejor se "hace" la pizza. Pues no: en un horno doméstico que ronda los 250°C —el máximo que suele dar una placa casera, lejos de los 400°C de un horno de leña— lo que separa una pizza decente de una correosa es la velocidad. Por eso aquí se hornea en dos tiempos: primero la base sola con el tomate, hasta que el borde empieza a dorarse y a hincharse en burbujas (esos siete minutos son el mínimo, mira el borde, no el reloj), y solo entonces entra el queso, para que no se queme antes de que la masa esté hecha por dentro. Meter el queso desde el principio en un horno lento es la causa real de esas pizzas con el centro blando y el borde quemado: el queso gasta su grasa y se seca mientras la base todavía no ha cuajado.

La harina de fuerza no es un capricho: tiene más proteína, forma más gluten, y es la que aguanta el peso del agua y del tomate sin que la base se rompa por abajo. Si solo tienes harina normal, la pizza sale, pero más corta de aguante; mezclar las dos, como aquí, es un término medio razonable para una masa que se estira con las manos y no con rodillo. El agua, por su parte, no es solo para hidratar: disuelve la levadura y la reparte por toda la masa, así que conviene que esté a temperatura ambiente, ni fría ni caliente, porque el calor mata la levadura antes de que haga su trabajo y el frío la deja dormida.

La levadura es el motor, pero un motor lento: por eso el reposo de dos horas no es capricho ni superstición, es el tiempo que necesita para producir el gas que infla la masa. Si tu cocina está fría, tardará más; si hace calor, menos. La señal de que está lista no es el reloj, es el volumen: la masa debe haber crecido visiblemente y notarse ligera y aireada al tocarla, no pesada como al principio.

El aceite de oliva en la masa aporta elasticidad y un poco de sabor, y en España no hace falta justificar su presencia: está en casi todo, y aquí cumple la misma función que en cualquier otro pan, suavizar la miga. La sal se añade después del aceite y la levadura, nunca junto a la levadura directamente, porque la sal frena su actividad si entran en contacto demasiado pronto y en exceso.

Para el tomate, la passata —tomate triturado y colado, sin pieles ni semillas— da una salsa fina que no empapa la base; si no tienes, un tomate natural triturado y bien escurrido sirve igual, la clave es que no suelte demasiada agua sobre la masa cruda. El fior di latte es una mozzarella fresca de vaca, más suave y más acuosa que la de búfala; si no la encuentras, cualquier mozzarella para fundir funciona, pero escúrrela bien y córtala en trozos pequeños, porque un trozo grande no da tiempo a fundirse en los pocos minutos del segundo horneado.

La albahaca fresca se pone al final, fuera del horno, porque el calor directo la quema y le quita aroma en segundos; es una hierba para perfumar, no para cocinar. Y el aceite de oliva que se añade al final, en crudo, es otra capa de sabor, no un sustituto del que ya lleva la masa: aquí, como en casi toda cocina de esta tierra, el aceite se pone dos veces porque cada vez hace algo distinto.

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