Foto IAPastel chiffon de chocolate
Un bizcocho chiffon de chocolate, ligero y esponjoso, perfecto para el postre o la merienda.
Las etiquetas se calculan automáticamente a partir de los ingredientes y pueden no ser exactas. Si te importa, consulta el envase.
Ingredientes

- 4 uds Huevos
- 220 g Azúcar
- 190 g Harina
- 30 g Cacao en polvo
- 150 ml Agua
- 65 g Chocolate negro
- 85 ml Aceite de girasol
- 8 g Levadura en polvo
- 0.5 cdta Bicarbonato de sodio
- 1 pizca Sal
Pasos
Precalentar el horno a 160 °C y fundir el chocolate negro al baño María.
Separar las yemas de las claras; verter las claras directamente en el bol de la batidora.
En otro bol mezclar los ingredientes secos: harina, cacao en polvo, levadura en polvo y bicarbonato de sodio tamizados, junto con la mitad del azúcar.
En otro bol mezclar las yemas con el aceite de girasol y el agua.
Unir la mezcla de huevo con los ingredientes secos, removiendo con unas varillas de mano hasta obtener una masa homogénea sin grumos.
Añadir el chocolate fundido y mezclar enérgicamente hasta conseguir una consistencia lisa y homogénea.
Encender la batidora a velocidad baja y montar las claras con una pizca de sal; añadir el resto del azúcar y batir las claras hasta que estén firmes y esponjosas.
Incorporar las claras a la masa poco a poco: añadir primero un tercio de las claras y mezclar con cuidado con una espátula; cuando se integre, añadir el resto.
Verter la masa en un molde para pastel chiffon de 18 cm de diámetro, sin engrasar ni enharinar, y nivelar la superficie.
Hornear a 160 °C durante 40-45 minutos; comprobar la cocción con un palillo de madera.
45 minSacar el pastel del horno y dejar enfriar boca abajo, apoyado sobre las patas del molde.
Desmoldar con cuidado el pastel, ayudándose si es necesario con la hoja de un cuchillo.
Un chiffon de chocolate es, en el fondo, un truco de física casera: nada de mantequilla que endurezca al enfriar, sino aceite líquido a temperatura ambiente, y un molde con tubo central sin engrasar para que la masa pueda trepar por las paredes mientras sube. Si engrasas el molde, la masa resbala, no se agarra, y el pastel se queda bajo. De ahí que el molde desnudo no sea capricho: es el andamio.
Lo que sostiene la miga no es la levadura sola, es el aire que metes a mano en las claras. Montarlas firmes y luego mezclarlas con cuidado —un tercio primero, para igualar densidades, el resto después, con movimientos suaves de abajo arriba— es lo que da esa textura de nube. Si las bajas de golpe, o remueves como si fregaras, pierdes burbujas y el pastel se apelmaza.
El punto de horno no lo da el reloj, lo da el palillo: que salga limpio, sin masa pegada. El reloj solo te dice a partir de cuándo empezar a mirar, nunca cuándo apagar sin comprobar. Y hay un paso que parece tontería y no lo es: enfriar el pastel boca abajo, apoyado en las patas del molde. Mientras está caliente, la estructura es frágil; si lo dejas boca arriba, el propio peso del pastel lo aplasta contra sí mismo. Boca abajo, la gravedad tira hacia fuera, no hacia dentro, y la miga se asienta sin colapsar.
Hay quien dice que un chiffon es solo un bizcocho con más huevos. Pues no: es otra familia, porque aquí el aceite líquido y las claras montadas por separado son el mecanismo entero, no un detalle de la receta.
Los huevos hacen doble trabajo aquí: las yemas dan grasa y cuerpo a la masa de chocolate, las claras dan el volumen. Por eso se separan desde el principio y no se juntan hasta el final. Que sean huevos a temperatura ambiente ayuda a que las claras monten más fácil y más estables; si están fríos de la nevera, cuesta más subir el merengue.
El azúcar se reparte en dos tandas por una razón concreta: la mitad en los secos ayuda a disolverse bien en la masa de chocolate sin dejar grumos de arenilla; la otra mitad entra con las claras, porque el azúcar da firmeza y brillo al merengue mientras se monta. Si metieras todo el azúcar de golpe en las claras desde el principio, tardarían mucho más en subir.
El aceite de girasol no es un capricho nórdico: en un chiffon hace falta una grasa líquida a temperatura ambiente, porque la mantequilla, al enfriarse, se endurece y apelmaza la miga. En una cocina española, donde el aceite de oliva manda en casi todo, aquí conviene resistirse: un aceite de oliva con sabor marcado se nota en un bizcocho de chocolate, y no para bien. Si solo tienes oliva, que sea uno suave, tipo arbequina, en poca cantidad y sabiendo que el perfil cambia un poco; girasol, maíz o un oliva muy suave cumplen el mismo papel mecánico.
El cacao en polvo y el chocolate negro fundido no compiten, se complementan: el cacao da el amargor y el color de fondo en toda la masa, el chocolate fundido aporta grasa extra y un sabor más redondo, menos seco. Si falta uno de los dos, el pastel sale, pero más plano de sabor; se puede compensar subiendo un poco el otro, sin miedo.
La levadura en polvo y el bicarbonato trabajan en momentos distintos: la levadura química sube con el calor del horno, el bicarbonato necesita algo ácido para activarse del todo, y aquí lo encuentra en el cacao, que tiene un punto ácido natural. Por eso no sobra ninguno de los dos aunque parezcan hacer lo mismo.
Sobre el horno doméstico, una verdad sin adornos: pocas placas de casa mantienen los 160 °C clavados, suben y bajan unos grados sin que lo notes salvo con un termómetro de horno. Por eso el palillo manda sobre el reloj, y por eso conviene no abrir la puerta antes de los primeros 30 minutos: el chiffon, sin la red de una mantequilla sólida, se hunde con un golpe de aire frío si lo miras antes de tiempo. Paciencia, aquí, es casi otro ingrediente: desde dejarlo enfriar boca abajo sin prisa hasta no tocar el horno mientras sube.