Foto IASalmón al vapor
Salmón al vapor sobre un lecho de verduras salteadas, con un toque cítrico y hierbas aromáticas.
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Ingredientes

- 2 uds Salmón filetes de 200 g
- 100 g Tomate
- 100 g Zanahoria
- 100 g Pimiento
- 100 g Calabacín
- 50 g Apio
- 1 uds Patata
- 1/2 uds Cebolla
- 1 uds Zumo de limón ralladura y zumo
- 2 manojo Eneldo
- 2 manojo Romero
- 2 manojo Tomillo
- 3 uds Hoja de laurel
- 163 ml Aceite de oliva
- 475 ml Agua
- Sal al gusto
- Pimienta negra al gusto
Pasos
Limpiamos el salmón: quitamos la piel y retiramos todas las espinas. Picamos finamente todas las hierbas.
Marinamos los filetes de salmón con el zumo de limón, 120 ml de aceite de oliva y la mitad de las hierbas picadas.
10 minSalpimentamos al gusto, cubrimos la cazuela con film y la metemos en la nevera.
Pelamos la patata y la zanahoria y las cortamos en cubos. Cortamos igual el apio y el calabacín. Partimos el pimiento, retiramos las semillas y lo cortamos. Picamos finamente la cebolla.
Cortamos los tomates en trozos y trituramos la pulpa con la batidora.
Ponemos al fuego una cazuela con agua, añadimos la ralladura de limón, la hoja de laurel y el romero, y llevamos a ebullición.
En una sartén hacemos un sofrito de cebolla con 45 ml de aceite de oliva. Añadimos los cubos de pimiento, zanahoria, patata y apio. Cuando la patata se dore, añadimos las hierbas, el calabacín, sal y pimienta.
10 minAñadimos la pulpa de tomate triturada y cocinamos 10 minutos más.
10 minColocamos la cesta de cocción al vapor sobre la cazuela. Ponemos los filetes de salmón en la cesta y cocinamos con la tapa puesta. Punto de cocción: 63 °C en la parte más gruesa.
Servimos el salmón en un plato, acompañado de las verduras y el adobo.
El salmón al vapor es de esos platos que parecen delicados y en realidad son generosos: perdonan casi todo salvo la prisa. La idea es sencilla y antigua, la misma que usaban los pescadores para no estropear un pescado caro con el fuego directo: cocinarlo con el calor húmedo que sube de un caldo aromático, sin que el agua toque la carne. El pescado se hace con el vapor, nunca con la llama, y eso es lo que marca todo lo demás.
Lo que decide si sale bien no es el reloj, es la temperatura interior del propio salmón: 63 °C en la parte más gruesa. Ahí la proteína se ha coagulado lo justo para que la carne pase de translúcida a opaca, pero sin que el colágeno siga expulsando agua, que es lo que seca el pescado y lo convierte en estopa. Si no tienes termómetro, hay una señal de la mano: el filete, al presionarlo con un dedo, empieza a separarse en láminas limpias en lugar de resistir compacto. Antes de eso está crudo por dentro; un minuto después ya se ha pasado, porque el salmón sigue subiendo de temperatura unos segundos fuera del fuego, por inercia.
Hay quien dice que el pescado al vapor es insípido porque no coge color. Pues no: el sabor no viene de dorar nada, viene de la marinada con limón, hierbas y aceite que se impregna antes de cocer, y del propio vapor, que arrastra hacia el pescado los aromas del agua donde hierve laurel, romero y piel de limón. Es un sabor que entra por dentro, no por fuera.
El salmón, mejor en filetes de grosor parejo, con piel fácil de retirar en frío y sin espinas al tacto; si compras en lonjas más finas o más gruesas que las de aquí, la señal del dedo sigue valiendo igual que el termómetro, solo que llegará antes o después. No hace falta que sea salmón: cualquier pescado graso de carne firme —trucha grande, incluso una lubina en filetes— aguanta el vapor sin desarmarse, porque la grasa es la que evita que se seque mientras el calor sube despacio.
El limón cumple dos trabajos distintos y por eso se usa entero: la ralladura va al agua de cocción, porque sus aceites esenciales son volátiles y se liberan con el calor, perfumando el vapor; el zumo va a la marinada, porque su acidez empieza a firmar la proteína del pescado antes incluso de que entre en la cazuela, y eso ayuda a que no se deshaga en la cesta. Si no tienes limón fresco, una lima hace el mismo trabajo; el vinagre sirve de sustituto de la acidez pero no aporta el aroma, así que conviene compensar con más hierba.
Las hierbas —eneldo, romero, tomillo— se dividen en dos funciones: la mitad perfuma la marinada en crudo, la otra mitad va a la sartén con la verdura, donde el calor las suaviza y las vuelve menos punzantes. El eneldo es el que de verdad acompaña al pescado; romero y tomillo son más bien el armazón boscoso, y si solo tienes uno de los tres, que sea el eneldo el que no falte.
La verdura —patata, zanahoria, apio, pimiento, calabacín, cebolla, tomate— sigue un criterio sencillo: lo que tarda más en ablandarse va primero a la sartén, lo que se pasa enseguida va después. Por eso la patata y la zanahoria entran antes, y el calabacín, que se vuelve agua en un minuto, entra casi al final. La señal no es el reloj sino la propia patata: cuando sus bordes empiezan a dorarse en el sofrito es que ya está lo bastante blanda por dentro para que el resto la acompañe sin deshacerse. Si falta alguna de estas verduras, cualquier otra de textura firme que aguante sofrito y luego hervor con tomate la sustituye sin drama; lo que no conviene cambiar es la proporción entre lo firme y lo blando, porque ahí está el defecto típico de este sofrito: verdura empapada y sin mordida porque todo entró a la vez.
El aceite de oliva aquí hace dos papeles con cantidades distintas a propósito: el de la marinada, en crudo, lleva el aroma del pescado y se queda en la carne; el de la sartén es el medio donde se cuece la cebolla y se dora la patata, y en eso no hay secreto ni sustitución que valga la pena buscar, porque en una cocina española el aceite de oliva ya es la grasa de referencia para todo esto.
Sobre la cocción misma: en una cocina de piso normal, sin cestas profesionales ni vaporeras industriales, basta una cazuela con un colador o una cesta de bambú apoyada de modo que no toque el agua, y la tapa puesta para que el vapor no se escape. El límite real de una placa doméstica es que el agua hierva de forma sostenida y pareja debajo, sin que se vaya quedando corta de líquido a media cocción; por eso conviene vigilar el nivel más que el reloj. Y aquí entra la paciencia, que en este plato es casi un ingrediente más: apurar el punto del salmón para ganar cinco minutos es exactamente lo que lo deja seco. Para dos personas, con los filetes indicados y esta cantidad de verdura, sobra de sobra; es un plato de mediodía, de los que se sirven calientes recién levantada la tapa, cuando el vapor aún sube del plato.