Tarta sol de calabacín con beiconFoto IA

Tarta sol de calabacín con beicon

Una tarta de hojaldre en forma de sol rellena de calabacín, ricota, beicon y queso provolone.

Raciones: 4 Preparación 20 min Cocción 25 min Repostería
Contiene: gluten, leche, frutos secos, huevos
Las etiquetas se calculan automáticamente a partir de los ingredientes y pueden no ser exactas. Si te importa, consulta el envase.

Ingredientes

Tarta sol de calabacín con beicon — ingredientes: Lámina de hojaldre, Calabacín, Ricota, Huevos, Beicon, Queso provolone

Pasos

  1. Lavamos los calabacines, cortamos las puntas y los rallamos.

  2. Añadimos a los calabacines la ricota y el beicon, mezclamos bien.

  3. Batimos un huevo, añadimos sal, pimienta negra y nuez moscada al gusto, mezclamos de nuevo.

  4. Cortamos el queso provolone en cubitos pequeños y lo añadimos al relleno.

  5. Sobre una bandeja de horno extendemos una lámina de hojaldre y, con la ayuda de un bol de unos 12 cm de diámetro, marcamos un círculo en el centro.

  6. Repartimos el relleno de calabacín y ricota en el centro y alrededor, dejando 1–2 cm desde el centro y 1–2 cm desde el borde exterior.

  7. Cubrimos con la segunda lámina de hojaldre y presionamos bien para marcar la parte central con el relleno y sellar el borde exterior.

  8. Con un cuchillo cortamos 16 porciones sin separarlas del centro del 'sol': primero dividimos la masa en 4 partes y luego cada una en 4 más.

  9. Giramos cada porción 45° hacia arriba para que se vea el relleno.

  10. Batimos el segundo huevo y pintamos toda la superficie de la masa, y espolvoreamos semillas de amapola en el centro.

  11. Horneamos en el horno precalentado a 180 grados con aire, unos 20–25 minutos, hasta que esté dorado.

    23 min

Esta tarta es puro teatro de mesa: dos láminas de hojaldre con relleno de calabacín en el centro, cortadas en dieciséis puntas que se giran hacia afuera como pétalos. El nombre "sol" no es casualidad ni cursilería: el resultado, bien hecho, se parece de verdad a un sol con el relleno asomando como rayos. Lo que decide si funciona no es el sabor, que es sencillo y agradecido, sino la geometría: que el corte llegue limpio hasta el borde del círculo central sin pasarse, y que cada porción gire sin romperse.

El relleno depende de una cosa que la receta no dice pero que toda verdura rallada exige: soltar agua. El calabacín rallado suda sal y humedad en contacto con la ricota; si no lo escurres un poco antes de montar la tarta, el hojaldre de abajo se queda crudo y gomoso mientras arriba ya está dorado. Es el defecto típico de este tipo de tartas de verdura: no es que "el horno estuviera flojo", es que el relleno llevaba demasiada agua libre.

El hojaldre es el otro pilar. Tiene que estar frío al manipularlo —si se calienta en las manos se vuelve plástico y no sube en capas, se apelmaza— y el corte de las dieciséis puntas hay que hacerlo con el cuchillo bien afilado, de un solo gesto, para no arrastrar la masa ni que se peguen las capas por los bordes. Girar cada pétalo 45 grados es el único paso donde hay que ir con calma: fuerzas de más y se rasga, de menos y no luce el relleno.

El calabacín: tres piezas medianas, rallado grueso, es la base húmeda del relleno. Elígelo firme, sin partes blandas, porque el calabacín pasado suelta aún más agua. Como digo arriba, un buen hábito es dejarlo reposar con una pizca de sal diez minutos y escurrirlo con las manos antes de mezclar: así evitas la tarta empapada por debajo. Si no tienes calabacín, cualquier calabaza de verano similar —el "zucchini" de otros países es exactamente esto— funciona igual, siempre rallada y escurrida.

La ricota aporta cremosidad y liga el relleno sin necesidad de bechamel ni espesantes. Si no encuentras ricota, un requesón fresco o incluso un queso tipo Burgos bien escurrido hacen el mismo papel: el criterio es que sea un queso fresco, suave, que no suelte suero al mezclarse. El provolone en cubitos es el contrapunto: funde dentro y da bocados de queso fundido entre el calabacín. Cualquier queso semicurado que funda bien —un gouda, un queso tierno de buena fusión— lo sustituye sin drama; lo que no conviene es un queso muy curado y seco, porque no fundirá, solo se endurecerá.

El beicon aquí no es solo sabor, es grasa y sal que el calabacín necesita porque, al ser una verdura acuosa y suave, pide algo salado y graso que la sostenga. En España, donde el aceite de oliva manda, no hace falta añadir ni una gota más de grasa al relleno: la del beicon basta. Si prefieres aligerar, un jamón serrano en taquitos cumple parecido, aunque pierdes el punto crujiente que da el beicon frito o curado al horno.

Sobre el hojaldre: la receta pide lámina ya hecha, cosa razonable en una cocina de piso normal, porque hacer hojaldre en casa con placa doméstica y sin abatidor de temperatura es una batalla que pocos ganan entre semana. Dos láminas, una abajo y otra encima, bastan. Lo único que de verdad importa es que esté bien frío al estirarlo y cortarlo: sácalo de la nevera justo antes de usarlo, no antes.

Sobre el horno: 180 grados con aire es temperatura de horneado homogéneo, la que reparte el calor por igual para que todas las puntas se doren a la vez, no solo las de arriba cerca de la resistencia. La señal real de que está lista no es el minutero sino el color: cuando el hojaldre pasa de pálido a dorado uniforme, con las puntas bien abiertas y firmes al tacto, está. Si tu horno no tiene función de aire, usa calor arriba y abajo y vigila que no se te queme la base antes de que doren las puntas, moviendo la bandeja a media cocción si lo notas desigual.

Y una palabra sobre el tiempo: montar el sol, cortar las dieciséis puntas sin estropear el centro y girarlas una por una pide calma, no prisa. Es un plato visual, y lo visual se construye con la mano quieta, no con el reloj corriendo. Para cuatro personas, como plato principal de mediodía acompañado de una ensalada, sale ajustado pero suficiente; si es para comida fuerte, mejor pensar en acompañarlo con algo más, porque el hojaldre llena menos de lo que aparenta.

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